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miércoles, 3 de abril de 2013

El dolor de la pérdida. | The wise Man's Fear.

   No. Los peores recuerdos eran los de mis primeros años de vida. El lento balanceo y las sacudidas del carromato, mi padre llevando las riendas sueltas. Sus fuertes manos sobre mis hombros, mostrándome cómo debía colocarme sobre el escenario para que mi cuerpo dijera «orgulloso», o «triste», o «tímido». Sus dedos colocando bien los míos sobre las cuerdas de su laúd.
   Mi madre cepillándome el cabello. Sus brazos rodeándome. La perfección con la que mi cabeza encajaba en la curva de su cuello. Cómo por la noche me acurrucaba en su regazo junto al fuego, adormilado, feliz y seguro.
   Esos eran los peores recuerdos. Preciosos y perfetos. Afilados como un bocado de cristales rotos. Tumbado en la cama, tensaba todos los músculos de mi cuerpo hasta formar un nudo tembloroso, sin poder dormir, sin poder pensar en otras cosas, sin poder dejar de recordar. Otra vez. Y otra. Y otra.
   Entonces oí unos golpecitos en mi ventana. Era un sonido tan débil que no lo percibí hasta que cesó. Entonces oí abrirse la ventana detrás de mí.
   —¿Kvothe? —susurró la voz de Auri.
   Apreté los dientes para contener los sollozos y me quedé tan quieto como pude, confiando en que ella pensara que estaba dormido y se marchase.
   —¿Kvothe? —Volvió a llamar—. Te he traído... —Hubo un momento de silencio, y luego dijo—: Oh.
   Oí un leve sonido detrás de mí. Auri entró por la ventana, y la luz de la luna proyectó su diminuta sombra en la pared. Noté moverse la cama cuando se sentó en ella. 
   Una mano pequeña y fría me acarició la mejilla.
   —No pasa nada —dijo Auri en voz baja—. Ven aquí.
   Empecé a llorar en silencio, y ella deshizo con cuidado el apretado nudo de mi cuerpo hasta que mi cabeza reposó en su regazo. Empezó a murmurar, apartándome el cabello de la frente; yo notaba el frío de sus manos contra la ardiente piel de mi cara.
   —Ya lo sé —dijo con tristeza—. A veces es muy duro, ¿verdad?
   Me acarició el cabello con ternura, y mi llanto se intensificó. No recordaba la última vez que alguien me había tocado con cariño.
   —Ya lo sé —repitió—. Tienes una piedra en el corazón, y hay días en que pesa tanto que no se puede hacer nada. Pero no deberías pasarlo solo. Deberías haberme avisado. Yo lo entiendo.
   Contraje todo el cuerpo y de pronto volví a notar aquel sabor a ciruela.
   —La echo de menos —dije sin darme cuenta. Antes de que pudera agregar algo más, apreté los dientes y sacudí la cabeza con furia, como un caballo que intenta liberarse de las riendas.
   —Puedes decirlo —dijo Auri con ternura.
   Volví a sacudir la cabeza, noté sabor a ciruela, y de pronto las palabras empezaron a brotar de mis labios.
   —Decía que aprendí a cantar antes que a hablar. Decía que cuando yo era un crío ella tarareaba mientras me tenía en brazos. No me cantaba una canción; sólo era una tercera descendente. Un sonido tranquilizador. Y un día me estaba paseando alrededor del campamento y oyó que yo le devolvía el eco. Dos octavas más arriba. Una tercera aguda y diminuta. Decía que aquella fue mi primera canción. Nos la cantábamos el uno al otro. Durante años. —Se me hizo un nudo en la garganta y apreté los dientes.
   —Puedes decirlo —dijo Auri en voz baja—. No pasa nada si lo dices.
   —Nunca volveré a verla —conseguí decir. Y me puse a llorar a lágrima viva.
   —No pasa nada —dijo Auri—. Estoy aquí. Estás a salvo.   

jueves, 21 de febrero de 2013

Dolor. ¿Es de héroes o de débiles?

   Pequeños, siento no haber escrito demasiado. Mis condiciones personales no son buenas, estoy enferma y encima me agobian mucho en el instituto. Como es obvio, yo soy más importante que un simple blog que a saber quién me lee -si es que alguien lo hace completamente-.
   Tenía pensadas varias entradas. La primera, una de mis historias de psicokillers. La segunda, una crítica a la gente idiota que no sigue los rasgos de un personaje de un libro para una película/serie. Pero no; voy a hablar del dolor.

   El dolor... A mí me gusta el dolor. Bueno, realmente, me gusta tener heridas abiertas y grandes, o en su defecto, cicatrices. Tengo muchas por todo mi cuerpo. Tuve una época que me odiaba tantísimo a mí misma que llegué a odiar las cosas que más me gustan -ahora- de mí, es decir, las marcas de guerra de mi cuerpo. Quise quitármelas y por suerte no lo hice.
   No me gusta tanto el dolor mental. Ese me cambia -es más, me ha cambiado- más que ninguna otra cosa de este mundo. Tampoco es de valientes tener "heridas" de dolor mental, ya que nadie puede verlas, admirarlas. Algunos halaban a aquellas personas que han sufrido, que tienen experiencias y son "fuertes". Pero eso no es así, no. Si sufres más te vuelves más débil, porque tienes miedo de que vuelva a pasar.
   Lo que yo hago para "ser fuerte" es fingir. Fingir ser fuerte. Fingir que nada me importa. ¿Por qué? Porque las mentiras, al cabo de un tiempo, te las vas creyendo. Yo ya me las estoy creyendo, ¡y me encanta! Apenas sufro por aquella gente que no merece la pena; sólo por aquellas personas que están en, como poco, el segundo escalón de mi escala social. Su pérdida, su sufrimiento, es lo que a mí me "dolería", pero tampoco en exceso.
   Estoy dejando de ser tan malditamente empática, por supervivencia. Porque no me viene bien sufrir por personas que ni siquiera saben de mi existencia. Soy comprensiva, y eso no lo quiero cambiar, me vendrá bien para mi futuro trabajo. Pero dejo de ser empática.
   Dejo de guiarme por las leyes de la ética y la moral establecidas por la sociedad, y me guío por las mías propias. Dejé de cometer errores cuando supe que lo que yo hago no son errores, son experiencias. 

   Me voy del tema... Me refería, que la gente -al menos, la mayoría- no comprende que me guste el dolor. No comprenden por qué me hago heridas. No comprenden por qué no me las curo. 
   Me hago heridas porque me gusta, porque me hacen sentir fuerte. Es... difícil de explicar. Es como esos chicos -digo chicos porque a las mujeres no les gusta tener heridas- que se han hecho una herida enorme y la van exhibiendo por ahí en plan "eh, tío, mira qué macho soy; y todo esto sin llorar". Más o menos, es lo mismo. Sólo que yo no las voy mostrando por ahí -a no ser que sean lo suficientemente grandes o no me las haya hecho yo a posta-.
   No me las curo porque me parece una pérdida de tiempo y una muestra de debilidad. Que yo sepa los hombres de las Cavernas no se curaban las heridas con pomadas mega super chachis que no te dejan ni heridas. Sí, seguro que usaban hierbas curativas -como el Aloe Vera- o su propia saliva; pero yo también uso eso. Es una muestra de debilidad curarse las heridas. Hacemos que nuestro cuerpo se acostumbre a cosas que no son normales, y así lo hacemos más débil y propicio a coger enfermedades diversas.


   Esta entrada se ha extendido más de lo que me imaginaba, así que lo dejo aquí.
   Si queréis saber algo más, comentad, contactad conmigo por ask o cosas así. Os dejo una foto que me ha inspirado para esta entrada. Un beso, pequeños.

¡AGUR!


Sería un placer para mí que esta foto sea de mi futura mano izquierda.